El Bando del San Juan, desde cuándo y cómo. Una lección pediente.



Con un silbato al cuello y una media lanza en ristre, de la cual colgaba un farol, los serenos de la ciudad se dedicaban cada noche no solo a encender y apagar faroles, sino también a anunciar las horas y el estado del tiempo.
Esta corporación organizada por el Ayuntamiento al menos desde l el siglo XVIII, y a la cual pertenecían solo vecinos de la villa de extrema confianza, comenzaron a adquirir mayor connotación con la llegada de las fiestas del San Juan, toda vez que por feliz idea de algún Alcalde Mayor, fueron estos faroleros, según crónicas, quienes acompañados cada uno por un tamborilero no solo daban la hora y el estado del tiempo, sino que se encargaban de leer en determinadas esquinas, a tambor batiente, y con bastante escándalo, supongo, el Edicto del San Juan donde se prescribían las ordenanzas que regulaban el comportamiento ciudadano en las calles y las fiestas en las viviendas.

La bajada de San Lázaro


Por años y no sé cuántos, una parte de la bajada de San Lázaro fue patrimonio familiar. Se denomina bajada de San Lázaro el otro lado del puente de ese nombre sobre el río Tínima, al principio o al final de la calle Santa Ana. Aun hoy el puente de San Lázaro es una magnifica obra de la ingeniería colonial, pues a pesar de siglos de existencia resiste con éxito los embates y el peso de un tiempo multiplicado muchas veces desde aquellos coches y carretones para los cuales fue hecho. Estoy seguro que no pocos lugareños conocen el lugar En realidad aquel no era un feudo hereditario, sino que un grupo de parientes construyeron allí sus viviendas por hallar el sitio amplio y cómodo para todos y además porque en un grado que no he podido descifrar, ésta generación mantenía relaciones familiares con Lafuente – Salvador otra tribu que habitaba la quinta Simoni, histórico y entonces carcomido caserón devenido en casa solariega situado frente a la Plaza de La Habana y a muy poca distancia de la bajada del San Lázaro. 

Cónica indiscreta




Enedina, Adelfa y Teté nunca sabrán lo que se perdieron. Confieso que desdichadamente no las conocí porque imagino que me hubiera divertido muchísimo junto a ellas escribiendo estas historias.
Por muchos años Enedina, Adelfa y Teté formaron parte de las crónicas cotidianas de la ciudad. No alcanzaron relevancia política ni académica, pero sí influencia sobre gobernadores y profesores universitarios, juristas, periodistas y hacendados, comerciantes, militares y doctores, tanto que alguna vez pudieron aparecer en el Directorio Social de la prensa local rodeadas del boato de la época, porque Enedina, Adelfa y Tete fueron tres de las más formidables matronas de prostíbulos en Camagüey.