La bajada de San Lázaro


Por años y no sé cuántos, una parte de la bajada de San Lázaro fue patrimonio familiar. Se denomina bajada de San Lázaro el otro lado del puente de ese nombre sobre el río Tínima, al principio o al final de la calle Santa Ana. Aun hoy el puente de San Lázaro es una magnifica obra de la ingeniería colonial, pues a pesar de siglos de existencia resiste con éxito los embates y el peso de un tiempo multiplicado muchas veces desde aquellos coches y carretones para los cuales fue hecho. Estoy seguro que no pocos lugareños conocen el lugar En realidad aquel no era un feudo hereditario, sino que un grupo de parientes construyeron allí sus viviendas por hallar el sitio amplio y cómodo para todos y además porque en un grado que no he podido descifrar, ésta generación mantenía relaciones familiares con Lafuente – Salvador otra tribu que habitaba la quinta Simoni, histórico y entonces carcomido caserón devenido en casa solariega situado frente a la Plaza de La Habana y a muy poca distancia de la bajada del San Lázaro. 

Cónica indiscreta




Enedina, Adelfa y Teté nunca sabrán lo que se perdieron. Confieso que desdichadamente no las conocí porque imagino que me hubiera divertido muchísimo junto a ellas escribiendo estas historias.
Por muchos años Enedina, Adelfa y Teté formaron parte de las crónicas cotidianas de la ciudad. No alcanzaron relevancia política ni académica, pero sí influencia sobre gobernadores y profesores universitarios, juristas, periodistas y hacendados, comerciantes, militares y doctores, tanto que alguna vez pudieron aparecer en el Directorio Social de la prensa local rodeadas del boato de la época, porque Enedina, Adelfa y Tete fueron tres de las más formidables matronas de prostíbulos en Camagüey. 

El Pozo de gracia.


 

 En los inicios de la década de 1800 el espacio que hoy ocupa la plaza del Carmen era una breve colina de donde surgía un fértil manantial aprovechado por los pocos pobladores asentados en ese entorno. Por años este sitio aun montuoso fue conocido como “Pozo de gracia”,el cual daba origen a un arroyuelo que hacia el sur confluía en el río Tínima.

La plaza vieja de la ciudad eterna




En los amanescos del siglo XVII y situado en un punto elevado del bosque húmedo de llanura, los principales de Santa Maria del Puerto del Príncipe dispusieron primero un espacio en torno al cual comenzaron a construirse viviendas, corrales y techados, mientras se abrçia un paso hacia el río que los recién llegados denominaron Triana, como el barrio sevillano de las riveras del Guadalquivir como añoranza de la tierra distante, aunque de esa añoranza hoy solo queda en la ciudad el nombre de una callejuela mientras la voz aborigen del río Hatibonico pervivió al tiempo. 

Presencia de una ciudad distinta, pero igual


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Siempre viejas postales descoloridas por el tiempo y la distancia nos traen en zaguanes el hálito de la ciudad soñada; el Camagüey detenido a la sombra de los siglos bordando callejones sombreados y tañer de campanas.
Pero el pueblo centenario no es solo adoquines y arcadas de medio punto, a la vera y sobre estos cimientos se levanta una ciudad distinta pero igual, contemporánea al rescoldo de un modernismo de asfalto, edificios de cristal y entornos de este futuro que nos llegó, tal vez, demasiado pronto para los lugareños. 

Dichos y hechosDichos y hechosDichos y hechos



Existen dichos y sentencias que se pierden en la memoria de los tiempos, y aunque los camagüeyanos de ayer no son los de ahora, y ni siquiera nuestra ciudad es la misma, siempre tenemos el tiempo de la historia a nuestro favor sumando en esa pagina leyendas y memorias.
En este capitulo podemos incluir, por ejemplo, dichos o muletillas en el hablar cotidiano de nuestro país, como por ejemplo el aquello de “!Aquí, en el tíbiri tábara!”, o “¿Me dijiste?”, “!Pá su escopeta!”. Lo mismo que “ese es mi calavera” para significar “ese es mi amigo, ni socio”. Esa es una expresión lucumí adoptada por el hablar criollo callejero que se extendió con facilidad